Los libros, pueden oler literalmente a una mezcla de olores que provienen del papel, la tinta, los adhesivos… Pero no estamos hablando, en este caso, de ese tipo de olor.
Queremos profundizar en a qué huelen las historias, los relatos, las novelas, los personajes, los prólogos y toda la atmósfera literaria que los envuelve.
En Cataluña, el día 23 de Abril se celebra la Diada de Sant Jordi, la conmemoración de una leyenda en la que tienen como protagonistas elementos medievales y fantásticos como príncipes, princesas, dragones y rosas.
Invitamos a descubrir esta historia, haciendo acto en la cultura popular de estas tierras, en la que en sus calles, librerías y puestos de flores, se manifiesta todos los años.
A continuación relatamos una serie de ejemplos de a qué huelen algunas obras literarias:
Los santos inocentes, de Miguel Delibes, huele a polvo, sudor y estiércol de campo, 1984, novela de George Orwell, huele a moho, col hervida y papel viejo, o Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, huele a jazmín, madera vieja y limonada caliente.
Es interesante como el momento histórico, sus descripciones, las vivencias de los personajes y sus emociones, nos conectan con las nuestras y como se cocinan en nuestro imaginario estas historias, evocando sensaciones como el calor eterno y el ambiente húmedo que está presente en todas las páginas de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
Otros ejemplos podrían ser la novela de Albert Camus, El extranjero: olor a salitre, sudor y asfalto ardiente, o La casa de los espíritus, de Isabel Allende, con un característico olor de cera de velas, jazmines y guisos de cocina antigua.
Si Sillage fuese un libro, sus páginas desprenderían olor a introspección como las resinas para quemar en meditación, a incertidumbre como el olor del local cerrado antes de su apertura, a muchas ganas, pasión y descubrimiento de nuevos perfumes y materias primas de alrededor del mundo.
Y tu historia, ¿a qué huele?

